“RECUERDOS SAHARIANOS”

Rememorando hechos vividos desde la perspectiva de un oficial «Teniente» Enrique Barber
Entró en «Google Earth». Dio varias vueltas a nuestro globo, en sentido contrario a su giro. Había viajado en el túnel del tiempo hacia atrás. Se detuvo en un punto de la costa oeste africana. Descendió sobre él y a velocidad de vértigo. Encontró́ sus años de ilusiones, de impulsos, de esa juventud, que en ese punto vivió.
Bajó la escalerilla de un avión de hélice en el aeropuerto del Aaiún. A su frente, un catenárico abierto por su mitad. Era su sala de embarque. Un polvo irrespirable en un ambiente de bochorno, le recibió. Allí́, vallado por una cuerda, depositaron los equipajes que descendieron de un carrito.
Recogió su maleta, donde guardaba sus efectos personales, unas mudas, unas camisas, un par de pantalones y un traje junto a otro par de uniformes recién hechos, blanco uno, de gala y garbanzo, de diario, el otro. El «régimen interior», el «vencer», (un libro de instrucción práctico de reclutas). Era todo su contenido.
Él que lo recogió́, dentro de sí, junto a su incertidumbre, incluía una enorme ilusión por el trabajo a realizar. En ella, los deseos de poner en práctica todo lo aprendido como profesor de educación física en la escuela de gimnasia de Toledo. A ese bagaje se añadía un sable, en su funda verde, símbolo de caballero con el que lo nombraron en su academia.

Un canario, grande, gordete con camisa corta, pantalón vaquero sobre el que su cinturón, lo cubría una barriga cervecera. Se acercó._ mi Tte. ¿a dónde va? Pensó, alguien de su unidad lo ha enviado a recoger. _ al BIR_ contestó.
Introdujo las pertenencias en la maleta de su taxi, se sentó en su parte trasera. La primera pregunta_ ¿Como sabe Vd. que soy Tte.?_ Mire, lleva un sable de oficial, es joven, no puede ser más que Tte. _ ¿es su primer destino en el Sahara?

Contestaba incoherentemente, a sus preguntas, su atención, estaba puesta en el itinerario que recorría. Arena amarilla y rachas de ella cruzando la carretera recta. En un claro, entre dunas, un barracón_ ¿Que es esa construcción?_ el parador_. contestó._ un bar de carretera.
Veinte Km. con dos curvas, hasta que después de la segunda. El mar apareció en el horizonte. Unas escasas construcciones al frente y a la orilla de su playa. _ ¿queda mucho para el BIR?_ no, allí́ lo tiene, a su derecha._ miro, y entre el bochornoso polvo y a medida que la duna madre era rebasada, fueron descubriéndose unos barracones verdes de madera.
En el final de la última recta, giró el conductor a su derecha. Enfiló el kilómetro y medio hasta su entrada. Un arco grande en piedra, un lema sobre él, «TODO POR LA PATRIA», una barrera que manejaba un cabo y el centinela a su pie, una valla de alambre espinoso, oxidada por el tiempo, rodeaba el recinto al que llegó
Descendió, en lo que era la residencia de oficiales. No sin antes, la enorme sorpresa de ver a un soldado haciendo sus necesidades sobre la arena. Luego conoció, que no se habían construido letrinas. Pues, el terreno tenía su base de piedra, unido a las escaseces presupuestarias.
Entró. Se presentó ante un Capitán, que en su interior encontró. Capitán, que sería un mando inolvidable que le dejó huella. Le indicó a un camarero, que le atendiera. Recogió́ su equipaje y le acompañó a la que sería su habitación durante tres años.

Cambiado al nuevo uniforme. Salió́ a hacer las presentaciones oficiales. Al crucé con un compañero. Tu eres Barber_, ¿a dónde vas?_ a presentarme al Cte. jefe_ ¿y los guantes?
_¡¡Ah!! Pensaba que con eso del calor, aquí́ no se usaban, _eres un pipiolo, no sabes que en el Ejercito no se puede pensar solo cumplir con las ordenanzas_ . Fue la primera lección del Tte. antiguo.
Hechas las presentaciones, le destinaron a la 2o Cía. Un Capitán rudo, duro, curtido desde soldado, temido por ellos, capaz de mover con un solo gesto un Regimiento, le recibió́. El ser deseado por sus superiores, su gran virtud.
Al poco tiempo, se marchó de colonial. Aquel permiso de cuatro meses que comparaban con la estancia en una prisión, pues las primeras preguntas, eran._ ¿cuantos meses llevas aquí́? _ Luego con el tiempo. _ ¿cuantos meses te quedan para la colonial? _ Hasta que llegaban esos 24 de estancia para disfrutar, de su afición preferida. La montaña.
Cambió el mando de la segunda compañía a un nuevo Capitán, 8 años de vida militar, les separaban. Su enorme experiencia, su buen hacer, el amor a sus tropas, su humanidad, haciendo culto a la ordenanza con el ser respetado y querido por sus subordinados. Fue la gran virtud, que le inculcó.

Seguía mirando en Google lo que quedaba de aquella construcción. Barracones sin techo cubiertos por la arena. Construcciones de mampostería destrozadas. La desazón, se mezclaba con el sentimiento de lo allí́ vivido. Aquellos trabajos egipcios de empedrar el patio de armas, donde antes se marcaba el paso sobre la arena, que al principio, su falta de ruido, le llevaba a pensar, que no inculcaba con energía su ejecución. Patio, que se dividió́ en calles para su empedramiento y asignadas a cada una de las cinco compañías, su trabajo de pavimentación.
Aquel jefe de la unidad, que ponía de ejemplo a la compañía que más avanzaba. El pique entre los mandos, llevaba a trabajar más y más rápido. Eso, se trasmitía entre los soldados y una noche los de la compañía atrasada, levantaron lo pavimentado por la compañía adelantada.
Aquellas formaciones de todo el batallón, para la jura, donde se quedó incrustado sobre la arena el grito salido del corazón del “SI JURAMOS”. Las arenas, que el viento del desierto arrastra, las habrá́ sepultado, para quedar enterrado como quedó en el recuerdo de los que así́ lo hicieron.
Los partidos de futbol, donde por una mala ejecución arbitral, fue perseguido su juez, casi hasta el agua con intención de bañarlo. Al frente, el Tte. de la compañía perdedora. La fortuna, le llevó a darse cuenta y correr más que todos y hacer de parapeto entre el árbitro y sus perseguidores.
Tte. forofo, el que, al tener conocimiento el jefe de la unidad de lo ocurrido condenó a no presenciar los partidos en el campo.
Cumpliendo la orden, se subía al fortín donde ondeaba la bandera. Desde allí́, gesticulaba animando al equipo de su querida compañía.
Patio, donde se realizaron pruebas de atletismo y el encargado de retornar la jabalina, la devolvió́, tirándola y superando a los tiradores.
Aquel gran comedor, que en las juras, presenciaban los mandos la comida extraordinaria y al unísono, los cuatro mil hombres, corearon el nombre de su Capitán, Guashc, Guasch…
Esa carretera de entrada, que a falta de pista de atletismo, ordenó pintar a un Cabo 1o las calles para la carrera de 100 m. Al comprobar la ejecución de su orden, vio que todas las líneas convergían en un mismo punto o cuando se realizaba el sorteo del campo de voleibol, en él quedaba definido el ganador, al tocarle el campo a elegir. El viento y la hora, eran los culpables. Pero la milicia, exige jugar, y la voluntad de vencer, ha de estar siempre presente.
Tres años de vida en ese punto, cuya actividad comenzaba a primera hora de la mañana y que terminaba la jornada cuando la luz ya se perdía, recogiendo los resultados de los partidos. Cuando semana si y semana no, tenían sus Ttes. servicio y dentro de ella, una guardia de 24 horas. Pero enormemente contentos con la labor que desarrollaban.

Volvió a elevarse sobre el espacio, por el que viaja el astronauta. La tierra giraba en el sentido de toda la vida. Había trascurrido 43 años desde aquella primera estancia. Viajó por las tripas de internet y encontró “La mili en el Sahara” y los mismos con lo que entonces estuvo, relatando su experiencia. Era gente ya jubilada, buscaban amigos, que allí́ se hicieron y perdurarán de por vida. Otros, escriben sus recuerdos. Las canas o su falta de pelo, su barriga de la felicidad, les acompaña.
Esto escrito, llevará a viajar hacia atrás, desempolvando recuerdos de quien tuvo la fortuna de conocer al soldado español del Sahara. El que, a lo largo de nuestra historia, siempre demostró́ su enorme coraje y sacrificio.
Allí, llegó a pensar, para que instruir en desembarco. Él, por si solo, lo sabe hacer, Descendiendo por esa escala de cuerda, petate al hombro, para embarcar en los inolvidables anfibios. Embarque, en el que nunca hubo accidentes graves.
El final viajero e inicio en la milicia para el recluta. Era, cuando después de ese kilómetro y medio de marcha y tras cinco días de navegación, se sentaba en un taburete. Le pasaban la maquinilla del doble cero y quedaba apto para todo sacrifico.
Luego, cuando la confianza llegó, recordar aquel jerezano, que con toda su gracia andaluza, nos contaba a la compañía su experiencia, que al ser sorteado al Sahara y residiendo en Madrid, un amigo, que allí́ también sirvió́, le comentó, que le daban una cantimplora diaria para beber, cuando solía ingerir de tres a cuatro litros de agua diarios.
Así́, con esa ansia y sequedad interior de desierto, producida por lo conocido. Al llegar a la caja de reclutas junto con su petate, recibió́ en vació, lo que suponía iba a ser su ración diaria de agua.
Ante el temor de ese racionamiento. Vació los depósitos del tren y el barco a todo beber, narrándolo con esa exageración, de la que siempre ha hecho gala el andaluz.
Después de esa entrega de su cabello, vino la recogida de su equipo, filiación y destino a compañía. Toda la arena de las dunas, terminaron cayendo sobre él, al entregar junto a su petate, la cantimplora.
Contaba que los cien metros más amargos de su vida, fueron desde su recogida hasta que su grupo entró en el barracón. Allí́ le asignaron su litera. Descubrió́ unos botijos en su fondo, como camello que llega al abrevadero, sobre ellos se lanzó.
Su paz interior regresó, cuando en el comedor sobre cada mesa vio, aquellas jarras metálicas de colores, según la compañía, que adornadas por los golpes sufridos al ser lavadas por los sucesivos llamamientos, calmaron las ansias de su futura vida sahariana
Gracias por haber tenido la fortuna de mandaros.

«Teniente» Enrique Barber

Barber, Enrique. (B) 06-03-2012
Intendencia.
El Aaiún. 1968-1969